Manuel Martínez, albacetense, escribe un comentario sobre algunos de los debates que se produjeron en torno a los grandes temas de la Constitución: monarquía, nacionalidades, pena de muerte, confesionalidad y divorcio. El análisis, somero, se basa fundamentalmente en la personalidad de los ponentes y en las actas del congreso, con lo que tampoco es que nos descubra la pólvora. Sin embargo destila aprecio por el consenso y por mirar hacia delante, que es lo que realmente nos trajo la democracia. Pese a la militancia del autor en el PSOE, el libro valora el esfuerzo de responsabilidad y realismo que hizo el PCE a diferencia de las posturas electoralistas de Felipe González que tanto rédito le dieron. Al final, el interés de la obra está más en las reflexiones a las que mueve que en lo que se lee.
Es curiosa la gran similitud que hubo entre las propuestas republicana y monárquica, que sólo difieren en si se elige o se hereda la jefatura del Estado. Recuerdo que cuando hube de explicar a uno de mis hijos, pequeño, lo que era la república y la monarquía me replicó sorprendido: ¿Y por esa minucia se llegó a una Guerra Civil? Ciertamente no fue por eso pero en los años 30 era una fuente de discordia lógica: la monarquía había amparado una dictadura y perdió el apoyo de muchos (aunque precisamente el PSOE colaboró con la dictadura en su línea de alcanzar el poder sin miramientos ideológicos). La monarquía, más allá de su realidad, simbolizaba lo malo pasado mientras la república simbolizaba lo que se deseaba.
También era lógico que la cuestión fuera espinosa en 1978 aunque ya sólo por el recuerdo de nuestra guerra. A esas alturas las repúblicas ya habían demostrado sobradamente no ser mejor garantía de nada que las monarquías y, de hecho había tantos ejemplos democráticos de monarquías como repúblicas bananeras. Lo que ya no es tan lógico es que hoy siga siendo un problema de banderías. La monarquía es un anacronismo sin apenas contenido real, como tantos tienen los países con historia. Como la cámara de los lores británica, el himno orangista holandés o la guardia suiza del Vaticano. La república, más allá de esa imagen anacrónica de la monarquía, no difiere en nada y un presidente de república puede ser tan ornamental como un rey. En nuestro sistema no elegimos a los jueces, ni al Tribunal de Cuentas ni a tantos otros miembros de instituciones y por tanto tampoco es necesario, para ser una democracia, elegir al jefe del estado. Habrá quien lo prefiera como hay partidarios del bicameralismo o de los jurados pero no debería ser, como sucede en España, una cuestión tan polémica para la izquierda política. Ésta no sólo excluye de su idea de república a tantos republicanos de centro y de derechas sino que ofende constantemente y desprecia a la monarquía que nos representa a todos. Como suelen, creen que para alcanzar sus ideas todo está justificado. Son incapaces de comprender que tan demócrata puede ser un republicano como un monárquico porque, también como acostumbran, invocan siempre a la Democracia con mayúscula para pisotear a los que no piensan como ellos. No quieren darse cuenta de que si la república ha de venir de los desplantes y muestras de mala educación de Pablo Iglesias o Alberto Garzón al Rey, su presidente de la república cosechará los mismos desprecios en el futuro. Se niegan a aceptar que el Rey a quien ningunean sea quien nos representa a todos lo mismo que tal vez lo llegue a hacer un presidente y que, por esa razón, merecen ambos el respeto de todos. Pero como el Pueblo está con ellos, como es de cajón, como lo suyo es lo moderno, como los demás estamos equivocados… pueden pisotear a todos. Aunque las urnas, la evidencia de Holanda o del Reino Unido, etc. les desmientan todos y cada uno de los argumentos. Para esta gente, y para tantos que les siguen, cuando la realidad no confirma sus teorías no cabe el desaliento porque tienen las mantienen contra viento y marea.
Lo peor de quienes agitan la bandera tricolor es el aire nostálgico de una realidad idealizada o, aún peor, las ganas de revancha pasados ya casi 90 años con las que pretenden cosechar votos. El enfrentamiento siempre da réditos electorales. Precisamente una de las tesis del libro es que las reformas hay que afrontarlas desde el consenso para no caer en los errores de 1931. Y que el debate debe allanarse antes para evitar que la guerra partidista lo haga imposible.
Por lo demás, dejando de lado los problemas propios de la autoedición, la redacción es tan políticamente correcta que se hace pesadísima y verdaderamente ridícula: Incluso cuando imagina “Si la nombra el Presidente o Presidenta de la República o éste/a se elige directamente…” Como si eso fuera a evitar alguna de las tres muertes de violencia machista de las que ha habido noticia hoy.
*Pensamiento
