Es difícil combinar el rigor de los datos y las referencias a otras fuentes con la prosa amena sin que resulte prolija. No digamos añadir, además, la opinión autorizada del autor pero La Parra lo ha conseguido absolutamente. Ya apuntaba maneras con su biografía de Godoy pero los años aún lo han mejorado. Apuntalada en numerosísimos datos concretos y citas, el autor vierte su idea de lo sucedido en muchas ocasiones de modo que facilita mucho la comprensión. Y lejos de apabullar con tanta información, el lector la va desgranando con un interés más propio de otros géneros gracias a la maestría literaria con la que se cuenta la vida de Fernando VII. Tan sólo me costó un poco entrar en materia con unas pocas primeras páginas de la infancia del personaje. Episodios tan confusos en mi asignatura de Historia de bachillerato tales como el motín de Aranjuez, el viaje a Cádiz tras el levantamiento de Riego o los últimos meses de aparente caos sucesorio se narran aquí con una claridad que habría querido entonces. O tal vez entonces no me interesaba lo suficiente.
Uno se convence de que en el SXIX está la explicación a muchos de nuestros problemas actuales: el bicameralismo, que la separación de poderes tiene sus límites (y por eso nuestro actual ejecutivo está íntimamente ligado al legislativo), los fueros vascos, la evolución de los partidos políticos y su necesidad… Con el final del antiguo régimen llegó, poco a poco, lo que hoy tenemos. Incluso expresiones que yo creía mucho más modernas como “faccioso”, “no pasarán” o “ultras” se acuñaron a principios del SXIX. No sólo me refiero a un sistema político sino también a una sociedad que ha ido progresivamente tomando protagonismo. El “vivan las caenas” convivía con el “viva la Pepa” en posturas tan irreconciliables, y mudables, como las que tenemos hoy.
Más allá de los datos históricos queda también el retrato moral del personaje. En los primeros años resulta de una bajeza difícil de igualar pero poco a poco va quedando oculto detrás de un olfato digno de nuestros políticos actuales. Aunque era imposible no someterse a Napoleón, Fernando VII careció de la más elemental dignidad y aprecio por su país. Y mientras pudo ejercer el poder de forma absoluta dio abundantes muestras de su miseria personal. Pero tras el trienio liberal asoma un Fernando VII capaz de hacer concesiones a unos y otros para mantenerse en el poder, lo que es parte de lo que caracteriza a un político. El buen político ha de actuar de esa manera y a la vez salvaguardar el verdadero interés general y los principios morales más básicos. Mal podía el Fernando VII de la década ominosa salvaguardar lo que no tenía o no le importaba pero su actuación tampoco se diferencia tanto de la de la mayoría de los políticos actuales.
*Historia
