El libro empieza bien, con un buen título, una prosa cuidada y una ambientación estupenda, arranca tratando con mimo los que serán sus temas fundamentales: el miedo, la homosexualidad, el ocaso de los pueblos…
Pero poco a poco uno se encuentra que no pasa de ahí, que todo se repite y se repite y hasta lo bueno acaba cansando. El título, el miedo, el ocaso… Usa una y otra vez el mismo recurso narrativo de comenzar en el presente para retrotraerse de inmediato a uno o más pasados tristes y fatalistas. El miedo, omnipresente y difuso, pasado, presente y futuro, anula toda esperanza de que los personajes remonten. Y con ellos el lector se desespera ante tanto lamento conmiserativo. Además aparece un tercer tema, un muy mal entendido sentido de la paternidad, del amor unido a un victimismo de lo más egoísta, que empañan la luz con la que la historia podría tener un punto de fuga.
Aunque nada religioso, de tan buenos que aparecen la mayoría de los personajes me ha recordado a Un ángel de ocho años, un librito (éste sí, muy religioso) que tuve que leer de muy pequeño y que me empalagaba. Es lo mismo que me sucede con algunos de los personajes de los episodios no nacionales de Almudena Grandes. Curiosamente, esos personajes tan buenísimos luego carecen de los más elementales valores morales. Confunden la camaradería de campamento con el amor como confunden las amistades con los lazos familiares y crean una especie de religión propia tan vacía como me parece que están Oli, Lucía, Marisa, Jorge…
En ese ambiente pastoril no faltan las escenas escabrosas, yo creo que introducidas con calzador. No sé si para rebajar lo rosita o porque es una cuota que hoy día hay que pagar para ser actual pero en todo caso, desagradables e innecesarias.
Dejando de lado la historia sensiblera, José Martínez Alcolea tiene una prosa cuidada que aprecio y palabras nuevas que me han gustado: “tontolpueblo” o “cabreño”. Aunque también se cuela “faldiquera” que no es sino una mala pronunciación de “faltriquera”. Entre tener que ser pucelano para trabajar de locutor y el desprecio por la pronunciación que nos aqueja por estos lares debería haber un término medio que evitaría esos errores. En La Mancha, el profesor Higgins de My fair lady sería acusado de no apreciar la cultura local. Y uno se pregunta, ¿puede ser tan local la cultura?
*Novela literaria
