La relación entre un padre de ochenta años y su hijo cincuentón se estrecha durante el último año de vida del primero como consecuencia del poema de Homero. Eso da pie a que ambos descubran pequeños matices de la personalidad de cada uno y se comprendan un poco mejor. Al final, ambos aprenden de la vida con la excusa de Ulises.
No es un relato dramático, no hay camino de Damasco en la relación paterno filial. Se trata de una relación normal, con claroscuros normales que se acerca ante la perspectiva de la muerte de uno de ellos. La Odisea es la excusa que ambos encuentran: un seminario universitario de varios meses sobre el poema que imparte el hijo y al que asiste el padre. Y un crucero que visita los lugares homéricos lo que da pie a unas vacaciones juntos. Precisamente porque la relación entre ambos es bastante normal es fácil identificarse con ella. Lo difícil es imaginar que haces algo así con tu padre a estas alturas. De paso, descubres todo un mundo en Homero ya que el libro es como un comentario de texto del poema que va relacionándose a la vez con la vida de los protagonistas.
Es un libro tranquilo pero muy real, sobre todo si tus circunstancias familiares se parecen. Un libro que a mí me ha hecho pensar en mi padre y sus temores lógicos, en sus sentimientos… Más que la muerte, el padre teme dejar de ser él mismo al final. Yo, para encontrarme del todo con ellos echo de menos el siguiente eslabón, el nieto (mi hijo) que también tiene su parte o debiera tenerla pero que en el libro no aparece.
La traducción de Ramón Buenaventura me ha parecido, hasta donde me lo puede parecer como profano, magnífica. No debe ser nada fácil dado que es un libro que juega con la semántica del latín, griego, inglés y, claro, español. Sólo una cosa me ha chirriado: en Estados Unidos dicen de nosotros que hablamos español (spanish), no castellano (castilian) y por tanto dudo mucho que Daniel Mendelsohn escribiera y sospecho que ha sido el traductor quien lo ha cambiado. Sólo a nosotros se nos ocurre remontarnos a lo que hablaba el Cid para denominar nuestro idioma pretendiendo, absurdamente, contentar a quienes no quieren contentarse.
*Sucedido
