Cinco horas con Mario

Miguel Delibes

Guillermo del Campo
Fecha: 19 de junio de 2020
Categoría: Mis mejores, Novela literaria

A veces me preocupa que cada vez sea más difícil que me entusiasme con un libro. Leía uno que cada vez se me hacía más pesado hasta que a los tres días y cien páginas lo abandoné. Me puse a releer Cinco horas con Mario y lo he acabado en menos de otros tres días. Algunos libros siguen entusiasmándome, gracias a Dios.

Son cinco horas de soliloquio sin testigos de una mujer ante el cadáver de su marido a través de las cuáles no sólo vemos al matrimonio por dentro sino también una buena parte de la sociedad que les rodea. Aunque sólo hay un punto de vista, el de Carmen, ella se sincera de una manera descarnada dibujando una crítica de los dos cónyuges; también de sí misma aunque sea de una manera inadvertida. Él, quijote hasta la depresión, ella clasista hasta el racismo, ambos insatisfechos e incoherentes cuyo mayor problema en común, como el de su entorno, es resultar incapaces de alcanzar puntos de entendimiento. En el epílogo, Mario hijo y su madre evidencian esa imposibilidad y la sociedad en su conjunto llegará brevemente a las manos.

El valor del libro, sin embargo, no me parece tanto social como literario: cómo mantener el interés a lo largo de esas cinco horas de lectura de un batiburrillo desordenado y desbordante. Los que hablamos solos sabemos que en esos casos uno no estructura bien el discurso, lo amontona, lo repite, le da vueltas… Y eso hace Carmen que en realidad necesita de esas cinco horas para sincerarse ante sí misma. Por eso su necesidad de velar a su marido esa última noche. No es para reprocharle lo de siempre, tal vez nunca le hizo reproches tan duros a Mario, tal vez nunca le habló tan claramente. Es para sincerarse con el muerto, y consigo misma en realidad, por encontrar las mismas dificultades en ser fiel a unos principios que le vienen de lejos.

El mérito de Delibes, decía, es que ese discurso resulte apasionante. Creo que una parte del éxito está en que, como quien no quiere la cosa, va dejando caer pistas que nos inquietan: pobre Julia, qué sorpresa Paco, una noche en la prevención, hay que ver la cuñada… que poco a poco irán concretándose. La otra parte del éxito está en la maestría de Delibes al hacer hablar a Carmen. Cualquiera de mi edad puede ponerle no una sino varias caras a Carmen con esas muletillas, “a ver, hija, qué iba a decir”, esas máximas “más vale una amistad que un carrera”, esas meteduras de pata “las bodas de Canaan”… Un lenguaje coloquial entreverado de expresiones de la época que resulta de un realismo apabullante y que mueve a la risa en ocasiones: los grandes disgustos de Carmen le llevan a perder… hasta quince minutos de sueño, nada menos! Testigo de su gran sensibilidad es el hecho de que se le corte la mahonesa (de Mahón) cuando está alterada.

Esos dislates graciosos son los que mejor ponen a Carmen en su sitio sin necesidad de réplica de Mario. Son lo que conforma la crítica al ambiente de la época. Esas frases lapidarias con las que discute al intelectual “el dinero ni es astuto ni es egoísta, el dinero es la pura verdad” llenan de humanidad a una mujer que también sufre lo que le toca vivir. Habría que ver cómo sería el reencuentro entre ambos, Mario y Carmen, cuando ésta muriera al cabo de los años. Lo imagino con el abrazo apasionado que en su momento no supieron darse a pesar de todos sus esfuerzos.

*Novela literaria

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