Una entretenida novela que tiene cinco o seis tomos (yo he parado en el segundo) alrededor de una acomodada familia inglesa con la segunda guerra mundial como telón de fondo.
Recuerda un poco a Enid Blyton con Los cinco, todo el rato hablando de comida, y diría que se excede un poco con los términos británicos, particularmente de vestuario y telas. Sin embargo, me ha parecido estupenda para leer en verano y, lejos de tantos novelones de este tipo escritos allá por los noventa pasados, tiene mucha más profundidad de la que puede parecer a primera vista.
La llamada Trilogía del siglo, de Ken Follet viene a ser algo parecido escrito veinte años después pero ni de lejos se acerca. ¿Porqué? Aunque no la recuerdo bien, creo que se basaba mucho más en los sucesos que en los personajes. Los Cazalet, en cambio, son una familia de muchos miembros a los que les pasan pocas cosas de trascendencia histórica pero que viven intensamente, como todo el mundo, los avatares de cada día. (Inciso: avatar en español no es un dibujito). En realidad, el fondo histórico es irrelevante y sólo sitúa un poco la novela.
Quizá el aspecto más rosa sea el hecho de que todos los personajes (y son muchos) están tratados con cariño y aunque capaces de hacer de todo, tienen indiscutiblemente un fondo de bondad. Pero tal vez lo que puede parecer algo pasteloso es precisamente lo que hace que se lea agradablemente sin por ello perder profundidad. Porque la narración está llena de sutilezas que sólo son posibles gracias a las muchísimas páginas que hay por delante para matizarlas. De nuevo no hay mal (aparente) que por bien no venga y Los Cazalet son, sí, una novela culebrón que aprovecha esa característica para avanzar despacito y sin agobios hasta retratar con precisión personalidades muy diferentes. Lo más atractivo es que lo que sucede se presenta desde los puntos de vista de los diferentes intervinientes y con eso el lector va formándose su idea hasta que el verdadero protagonista de cada caso, a veces, muchísimas páginas después, acabe de ponerle luz. Y en medio, disfrutas con las costumbres inglesas y esa forma de vida que estaba ya acabando sin remedio. Aparece una moral, que si bien está muy ligada a las costumbres e incluso puede ser a veces esclava de ellas, tiene también mucho más fondo del que tradicionalmente se le supone. Está por ver cómo trata algunos de los temas más delicados, hasta ahora apenas esbozados como la homosexualidad, pero sin duda Elizabeth J. Howard tiene una visión muy perspicaz de la psicología de los adolescentes y de los matrimonios.
No quiero dejar de mencionar la magnífica traducción: cuando en el texto aparecen palabras como “descuajeringado” o expresiones como “arreando, que es gerundio” uno disfruta de un lenguaje preciso y a la vez cercano. Me queda la duda de si la traducción de una novela debe adaptarse al lenguaje actual o respetar, si lo había, el lenguaje de época. Más aún, ¿debe un escritor que narra en 1990 hechos de 1940 adaptar su lenguaje a aquella época? ¿Y qué debe hacer el traductor de 2020? ¿Traducir sin más o trasladarse con el lenguaje a otras épocas? Porque cuesta situarse en un baile de debutantes en el Londres de los bombardeos y que una chica soporte “vaciles” de los chicos, la verdad.
*Novela
