Fortunata y Jacinta

Benito Pérez Galdós

Guillermo del Campo
Fecha: 12 de septiembre de 2020
Categoría: Sin categoría

La cogí con la ilusión de que fuera otra Regenta, con la que guarda muchas similitudes entre la que no es menor la fecha de publicación. Sin embargo, pese a las comparaciones evidentes, ambas novelas son muy distintas.

A Galdós, más que la ficción le importa la realidad social, histórica y política del momento. En Fortunata y Jacinta todo eso es mucho más que un telón de fondo y da gusto ver cómo se recrean hablas, costumbres, cocina… Todo está lleno de referencias al presente de entonces. Un capítulo se llama “otra restauración” abundan “los rasgos”, el de Saboya habla de «seis mil “gueales”», se hace apología del mantón de Manila, por el Madrid descrito aparecen calles, atascos, profesiones, cafés, dichos… Muchos de estos últimos aún se usan hoy con pequeñas variaciones: “salir a compras”, “llamar al tío Paco para que traiga la rebaja”… Es un placer apreciar el paso de ese siglo y medio en el lenguaje y a la vez reconocerlo. Por ejemplo, un insulto frecuente en el libro es el de “tía” que hoy es apenas despectivo. Sin embargo, conocí a un hombre mayor para el que no cabía mayor insulto que llamar “tía” a una mujer. Leer a Galdós es recordar a tus abuelos, recordar los puestos navideños de la Plaza Mayor, las jícaras de chocolate y tantas otras cosas que sólo han cambiado un poquito, lo justo para notarlo. También hace un fiel retrato de las diferentes clases sociales, de los funcionarios, de los cesantes, de los enchufes y de la ciudad en la que se desarrolla la novela. En este caso, casi con aires de zarzuela al tratarse de Madrid.

Como en La Regenta, también Galdós pasa por encima de sus personajes para establecer una complicidad con el lector mediante el humor y una ironía fina. El teniente, que por sordo es ascendido a capitán, sor Natividad, que “examinó el brocado… y vio que era bueno” o tantísimos recuerdos de El Quijote en dichos, formas y hasta personajes. Y también está lleno de imágenes bonitas: al ir poniendo hiladas a la tapia de las Micalelas, los albañiles parecía que no construían sino que borraban el horizonte.

Todas estas virtudes, que Clarín deja de fondo de una trama intensa, son para Galdós, en cambio, la esencia. La dualidad de los dos nombres del título o de las dos historias del subtítulo (dos historias de casadas) apunta a que hay varias historias, varios protagonistas que no necesariamente van de la mano en un relato entrelazado. La historias de Fortunata y Jacinta son más superficiales, más sencillas y, sobre todo, mucho más independientes y deslavazadas. El Delfín, apenas tiene presencia en más de medio libro y lo mismo cabe decir de Jacinta. Fortunata, un personaje tan fuerte con un nombre tan potente, es tratada de “la de Rubín” en demasiadas ocasiones, como si Galdós quisiera restarle fuerza. Y también desaparece a lo largo de muchísimas páginas de la primera mitad. Casi diría que cada parte se concentra en unos sucesos sin establecer demasiada relación entre ellos. Las cosas pasan como pasan los años en la novela; pasan. Los personajes son muchos y bien dibujados, sí, pero aparecen lo mismo que desaparecen, como por ensalmo.

A la trama de Fortunata y Jacinta le falta la unidad rotunda de La Regenta, esos maravillosos tres días en quinientas páginas, y lo que la aventaja como documental de la época es lo que pierde como ficción. Quizá Galdós tenía más oficio como novelista pero aquí destaca más como cronista en comparación con un Clarín, cronista de oficio, que sin embargo pone una pica en Flandes con La Regenta. De hecho así se lo reconoció D. Benito a D. Leopoldo por carta: un defecto de Fortunata era que en ella había despreciado la estructura del argumento en beneficio de los caracteres.

Los clásicos suelen adolecer de tramas pasadas de moda que difícilmente enganchan al lector. Sus virtudes están más en otros puntos y por eso son más propios de eruditos y estudiosos. No diría yo tanto de Fortunata y Jacinta, cuyo interés costumbrista me parece innegable hasta para los lectores comunes. Pero puestos a combinarlo todo, a leer una obra maestra que además de enseñarte, recordarte, refrescarte, te enganche como novela, sin duda se lleva la palma la de Ozores, D. Fermín y Álvaro Mesía. Por desgracia se cumplió aquello de que más vale llegar a tiempo que rondar un año sin que ello pretenda desmerecer tan buen rondar.

*Clásicos

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