Las pequeñas virtudes

Natalia Ginzburg

Guillermo del Campo
Fecha: 8 de febrero de 2021
Categoría: Sin categoría

No cabe duda de que leer en dispositivos electrónicos tiene muchísimas ventajas. Pero tampoco cabe duda de que tiene muchas desventajas. Sobre las primeras, no tiene sentido extenderse porque son obvias pero las segundas pasan desapercibidas con facilidad. No he leído este libro en papel y lo he notado particularmente al buscar la foto de la portada y darme cuenta de que ignoraba el título y casi el nombre de la autora, Natalia Ginzburg. Cuando uno no tiene el libro físico, es frecuente que no sepa decir qué es lo que está leyendo. Puede hacerse la prueba fácilmente y se comprobará que la mayoría de los encuestados dirán que no recuerdan el título, el autor… y a veces mal la trama! Al menos para los que no nos prodigamos mucho con este sistema, leer en dispositivos electrónicos tiene mucho de pasar la vista por las letras y menos de interiorizar lo que se lee.

De todas maneras, hecha la digresión, el libro tiene su gracia. Para empezar, la dedicatoria, que espero copiar si alguna vez escribo yo una. Luego vienen once reflexiones de interés variable entre las que destacan la primera y la última. La historia de los zapatos rotos y la de la educación de los hijos. La primera, bonita, evocadora y concreta. La segunda vuela por los más altos ideales que me ha encantado ver escritos: Hay que vivir como si se fuera rico y apuntar a las grandes virtudes porque, las pequeñas, vendrán solas si es que han de venir. En ambos ensayos está presente una sabiduría profunda, práctica y a la vez elevada, expresada con sencillez pero con la claridad de quien la ha vivido y ha pretendido ir poniéndola en práctica en la educación de los hijos.

El resto de los capítulos tienen pasajes brillantes de diversa índole:

“en su compañía nos volvíamos mucho más inteligentes; nos sentíamos empujados a poner en nuestras palabras cuanto mejor y más serio había en nosotros; apartábamos los lugares comunes, los pensamientos imprecisos, las incoherencias”.

«Los ingleses, por lo general, no muestran estupor. Si uno se desmaya por la calle, todo está previsto. En unos segundos le llevan un vaso de agua y una enfermera de uniforme.” (¿Será ésta la versión inglesa del señor del señor que siempre es médico que Jordi Mestre ha constatado que aparece cada vez que hay un atropello en Barcelona?)

Por cierto, que hace una dura crítica a las costumbres gastronómicas inglesas: “siempre comen food, es decir, nada que se pueda comer con simpatía cordial, con tranquilo placer». Dice la autora, y comparto, que los ingleses no comen, se alimentan. Y que esto último es una especie de obsesión para ellos pero que es también bastante triste. Ciertamente quien no lo haya experimentado puede leer a los Cazalet en donde se aprecia que comen cada ratito… un huevo duro… media lata de sardinas… un pastel hecho con los restos de tres días…

En fin, un libro agradable para leer a ratos sueltos escrito por una judía sin victimismo y una comunista sin militancia, que no es poca cosa teniendo en cuenta lo que le tocó vivir.

*Sucedido

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