Aunque los millones de seguidores de esta página conocen sobradamente su afición a los tebeos, reconozco que esta entrada puede resultar algo provocativa en un entorno tan pretendidamente literario. Pero, al contrario, lo que pretendo sostener, como Pereira, es que para que los niños lleguen a la literatura los tebeos no sólo son compatibles con los libros, sino que son necesarios. Por supuesto que hay que animar a la lectura de todo tipo pero creo que a los niños hay que animarles a leer tebeos específicamente.
Los textos de los tebeos suelen concentrar en muy pocos caracteres mucho mensaje. Esto da lugar a un lenguaje preciso que en los libros no es tan necesario. Los tebeos usan construcciones gramaticales muy cuidadas en las que abundan los pronombres por necesidad. Si Borges dice preferir una idea perfectamente expuesta en las palabras justas a la explayada en infinidad de páginas, por algo será y, de hecho, muchísimos escritores afirman que para pulir un escrito hay que podar y podar hasta dejarlo en lo esencial. Es, por tanto, una habilidad que conviene adquirir y que se encuentra al alcance de los niños en los tebeos.
Otra razón para aconsejar el acercarse a la lectura por los tebeos es que, como consecuencia de la necesidad de precisión y del carácter normalmente exagerado de sus historietas, los tebeos emplean un vocabulario poco común pero necesario. La palabra “dilecta” la empleaba D. Pantuflo Zapatilla para referirse a su esposa Jaimita en Zipi y Zape y no sé si yo habría podido leerla en otro sitio cuando tenía diez años. Hoy mismo difícilmente sabría lo que significa “bizarro” de no ser por la valentía del Guerrero del antifaz. (“Bizarro”, que en español no significa extraño, como cree la mayoría de los jóvenes influidos por internet).
De hecho, llevé a cabo el siguiente experimento: abrí al azar una página de cinco tebeos (El Jabato, Mortadelo, Asterix, Zipi y Zape, y La familia Ulises) y de cinco libros infantiles (Gerónimo Stilton, El monstruo y la bibliotecaria, La guía del detective, Los Futbolísimos y Donosito el oso osado). De cada página seleccioné las palabras difíciles. Mientras que de los tebeos he sacado trece palabras (“subyugar”, “intrépido”, “esgrimir”, “lastre”, “conato”, “avizor”, “deponer”, “noveles”, “probo”, “arrojo”, “badana”, “reparo”, “voltear”) de los libros he sacado dos (“artimañas” y “rufianes”). Y eso que los tebeos tienen mucho menos texto.
Por supuesto, un vocabulario cuidado no se encuentra sólo en los tebeos ni tampoco en todos ellos, naturalmente. También aparece en los libros de aventuras que no se escribieron pensando que los lectores eran tontos. Salgari, Verne, Dumas… Cuando un niño empiece Sandokán, no sabrá lo que es un “bramido” pero lo aprenderá conforme conozca a Yáñez y a Tremal-Naik. Es como lo que sucede con el fútbol, tan exagerado siempre con eso del “esférico”, del “cancerbero” o del “ariete”. Por el fútbol los niños solían saber muchos más gentilicios que las niñas. En los noventa se dio el caso de tener que repetir un examen de selectividad porque la mayoría de las chicas desconocían la palabra “pucelano” a diferencia de sus compañeros (gracias al Carrusel Deportivo).
A diferencia del fútbol, tebeos hay para todos los gustos, desde El Capitán Trueno o Solos a Esther y su mundo o Las Witch. Pero, en cambio, los tebeos tienen una edad que hay que aprovechar. Lo que un niño puede leer en los tebeos tal vez no llegue a leerlo en otro sitio nunca y por tanto lo mejor es que empiece por ellos. En poco tiempo se le quedarán cortos pero habrá aprendido mucho y estará en mejores condiciones de seguir con los buenos libros.
*Pretextos
