Los que ya tenemos un a edad criticamos la aparición de palabras nuevas (posverdad, “influencers”…) como si no las nuestras no se pudieran bastar. ¿Qué va a ser la posverdad sino una mentira? Sin embargo, posiblemente sea esa edad que tenemos la que nos dificulta aceptar nuevos matices que para nosotros tal vez tengan poca importancia pero que pueden ser capitales para quienes acuñan el nuevo vocabulario. Y no sólo por el natural afán de distinguirse de los mayores sino porque, realmente, a veces se quedan pequeñas las palabras existentes. Recuerdo una tontería de juventud: necesitaba la palabra “rather” y no encontraba una equivalente en español. Pero la posverdad de la que habla Martínez Bascuñán no es una tontería. Se asemeja a la mentira pero no lo es del todo porque en ella hay un convencimiento personal que no existe cuando uno dice “yo no he sido” entre los trozos de vidrio de la ventana y con el balón bajo el brazo. Bueno, por eso y por muchísimas cosas más que explica en más de cuatroci8entas páginas.
El libro me ha resultado apasionante porque, de pronto, he leído en negro sobre blanco muchas de las intuiciones que tenía cuando oigo criticar la Transición, cuando veo que los forofos siguen a su ideología con el cinismo de aquél al que la verdad nada importa, cuando observo lo fácil que es dar explicaciones sencillas, de coherencia inmediata, a cuestiones complejas porque la mayoría aceptamos mejor una falsa seguridad que una realidad cambiante… Explicaciones que nunca llegan a buen puerto porque su éxito siempre es futuro, es mucho más un anhelo que una verdad palpable. La aspiración de que un hijo pueda llegar a ser jefe del estado, aunque no pueda materializarse nunca ni aunque ello pudiera mejorar en nada al país, basta como autoengaño para afirmar posverdades que dejan así de ser exactamente mentiras.
Coas como que la democracia exige consensos y que todo lo que sea negar el pan y la sal a los que piensan distinto es acercarse al totalitarismo de Hitler y Stalin, como bien denuncia Hanna Arendt, a quien la autora explica en profundidad. (Por cierto, que Arendt nunca metió a Franco y a Mussolini en el mismo saco que a Hitler y a Stalin como se hace con tanta frivolidad ahora).
Da miedo ver que la democracia se está perdiendo y no sólo por Trump y la extrema derecha. Aunque Martínez Bascuñán aporta muchos más ejemplos de ese lado (alguno de ellos también falso) presenta el problema desde todas las partes: la democracia necesita un suelo común para discutir y cuando éste se abandona (Brexit, proceso independentista, negacionismo de la Transición o del cambio climático, todo vale para mantenerse en el poder…) se adentra uno en un mundo proceloso cuyo puerto final desconocemos. Y si por una parte, soltar amarras puede ser bueno, no saber el rumbo (o que sólo lo sepan unos pocos) es peligrosísimo. Y, como se explica en El fin del mundo común, la solución no pasa por desmentir las falsedades, o no sólo, porque al forofo sólo le interesa el mundo que él mismo ha imaginado como meta.
El libro me ha servido para reflexionar profundamente sobre todas esas intuiciones que he ido acumulando. Sólo puedo reprocharle lo repetitivo que es y un cierto sesgo en los ejemplos que emplea. Pero merece la pena leerse ciento cincuenta páginas que sobran.
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