Riofrío es una cafetería bien conocida de Madrid, punto de encuentro del mundo judicial que ocupa el barrio pero no sólo: hace años tuve ocasión de comprobar que también era un referente para algunos que llegaban a la capital tan boquiabiertos como Paco Martínez Soria aunque cambiando el pollo por un ordenador algo portátil.
Me recomendó al autor un conocido muy poco serio del que debí sospechar: no podía esperarse nada bueno de él y efectivamente fue así. Se trata de un relato lleno de elipsis acerca de un caso mediático que llevó el juez Garzón visto desde el punto de vista de uno de los abogados defensores. Todos los abogados critican a los jueces aunque sólo sea para autojustificarse, y éste no iba a ser una excepción. Sin embargo, es cierto que Garzón era cualquier cosa menos juez y tenía curiosidad por enterarme de sus las artimañas.
Hay una moraleja que sacar, no tanto del libro como de Garzón: Dios nos libre de esos salvapatrias que, incluso cuando tienen buenos propósitos (que no suele ser el caso) cometen abusos constantes. Dios nos libre de quienes en busca de la justicia universal desatienden la de su casa. Y Dios nos libre de quienes piensan que el fin justifica los medios.
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Traducción y lenguaje:
Siendo el autor presidente de la Real Academia Española, la verdad es que resulta decepcionante: habla de “presidentas” (muy políticamente correcto pero lingüísticamente incorrecto) y de vegetales en vez de verduras. Se ve que inglés, sabe.
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*Sucedido
