Leer a Borges es una garantía sin que importe qué te vaya a contar. Me parece que da igual si es una historia que se inventa, una traducción, un ensayo, un artículo… Leer a Borges es disfrutar por el mero hecho de pasar la vista por las palabras, hasta el extremo de que ni me importa si las entiendo todas. Es como el que escucha un disco de los antiguos vinilos al que le falta una nota: la pone él mismo, echando mano del resto de la sinfonía, y ni se da uno cuenta del hueco, mientras dirige apasionadamente una orquesta imaginaria.
Tanto es así que la Historia universal de la infamia consiste en una serie de relatos reelaborados por Borges sobre otros ya existentes. Su contribución consiste en agruparlos bajo un título magnífico y en reescribirlos como sólo él sabe hacerlo. Sin duda las traducciones de Borges deben ser estupendas porque aunque sólo conserven del original un vago recuerdo, éste habrá sido desprovisto de los errores en los que tal vez hubiera incurrido el autor y, también, con mucha más certeza, de los que con seguridad cometiera el traductor en su malogrado intento de fidelidad. Borges, al carecer de la virtud de la lealtad que tanto coarta a los genios, y a los amantes, prefiere dejarse llevar libérrimo y reescribir, o escribir, aquello que mejor sabe. Y esa suerte tenemos luego sus lectores.
Por destacar algo entre tanto bueno, el relato de las bandas neoyorkinas me parece espectacular y da la casualidad de que, al ser más cercano en el tiempo, es en el que más información precisa podría aportar. Sin embargo, le bastan cuatro rasgos para encandilarte. Si lo que quieres es saber, ya está internet. Bueno pues si a ese relato no le hace falta casi ni qué relatar, qué decir del de El hombre de la esquina rosada escrito en el habla sudamericana más profunda sin que por ello perdamos un ápice de lo que cuenta. Y ello a pesar de no tener ni idea (yo al menos) de lo que es “frangollar”, “placero”, “barquinazo”, “guitarriar”, “pechada”, “chicoteado”, “en fija”, “bolacero”, “hembraje”, “balaquero”, “crencha”, “carreraje”, “filió”, “carneo”, “manotón”, “aporriao”, “loquiar”, “bochinchar”, “lengue”, “punzó”, “trujo”, “nortero”, “fiyingo”, “zoncera”, “hachó”, “refalar”, “ñandubay”, “lomada”… en apenas una docena de páginas (por no hablar de las expresiones extrañas sin cuento y de la ortografía adaptada al habla).
¿He de decirlo? Si ya me gustaron sus Ficciones, aún me ha gustado más esta Historia.
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PD. Por cierto, Borges tampoco pone las comas canónicas cuando las considera innecesarias. El inicio de la historia de Monk Esatman es un buen ejemplo en el que, no ya ante un “pero” sino ante una conjunción distributiva como “bien”, bastante más confundible, tampoco la emplea.
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*Relatos
