Sidi

Arturo Pérez Reverte

Guillermo del Campo
Fecha: 18 de junio de 2024
Categoría: Sin categoría

Creo que cuando Pérez-Reverte publicó la primera novela de Alatriste comentó que escribía pensando en su hija Carlota, entonces adolescente, y en las novelas que le habría gustado leer con esa edad. Desde luego, Alatriste es de ese tipo entre Salgari y Dumas que tanto me gustaron entonces. Luego ha escrito muchas más novelas pero aunque la temática puede alejarlas de los quinceañeros, en el fondo son similares. Al menos las que yo he tenido ocasión de leer y, concretamente ésta de Sidi. Son entretenidas, generalmente bien planteadas (y peor acabadas), pero a una cierta edad se quedan muy cortas.

En varias ocasiones he dicho que no me gusta este autor a pesar de que tiene mucho de lo que generalmente me agrada. Sólo salvo El maestro de esgrima y El pintor de Batallas de entre la docena larga de novelas que he leído de él. Y es que, como es cierto que debería gustarme, por fas o por nefas me regalan con frecuencia libros suyos. Este de Sidi tenía que caerme porque encima trata de un personaje al que fui muy aficionado de joven.

La novela, para bien o para mal, reúne todos los tópicos del personaje y del escritor. Nadie echará de menos ni Santa Gadea, ni la Tizona, ni Babieca, ni los judíos engañados… Y fiel a sí mismo, Reverte hace hablar y actuar al Rodrigo medieval como al Diego del XVI o al Andrés del XX: con diálogos vacuos, repletos de obviedades, en donde los diálogos hueros mantienen las apariencias. Esas conversaciones se dan en la vida real pues es frecuente que tras esa apariencia dura y sobria se esconda una ignorancia que impide decir otra cosa. Lo que parece contención es en realidad incapacidad para tener una conversación normal. Pero aunque sea realista, no deja de ser un tanto afectado.

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Lenguaje:

Pérez-Reverte hace siempre un esfuerzo por emplear un vocabulario adecuado que es muy de agradecer. Sin embargo en esta ocasión creo que se excede con el vestido. No creo necesario tantísimo detalle acerca de tantas prendas que ya no se usan y que requieren constantes visitas al diccionario. Está bien aprender algunas pero tantas se hace pesado.

También hace un esfuerzo por elaborar una prosa evocadora y lo consigue cuando se basa en esa parquedad hosca que tanto le gusta: “en sus ojos había suficiente noche para creerlo”. A pesar de ello, cuando describe los olores, uno parece encontrarse ante una cata de vinos de la cantidad de aromas (la mayoría desagradables) que pretende sugerir.

*Novela

 

De qué va. (Quizá no quieras leerlo).
Comienza con el Cid del destierro (y rememora todos los sucesos anteriores) y acaba con la victoria sobre Ramón Berenguer al que toma la espada Tizona (y anticipa que irá a Valencia más adelante).

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