Es tan corta que en vez de novela casi podría considerarse un relato. Eso, como suele pasar, es una ventaja porque los personajes necesitan mucha menos profundidad, la propia historia puede estar algo deslavazada e incluso el final es más fácil de dejar abierto. Total, uno no ha tenido que hacer grandes esfuerzos para llegar hasta él. Pero, claro, tampoco haces un libro para recordar con tan poca cosa.
La historia es buena y de Vigan sabe contarla. La profesora que vive de adulta las secuelas de una vivencia infantil que puede parecerse a la de uno de sus alumnos, le permiten mezclar dos presentes muy diferentes con un mismo origen. Y conforme avanza el libro crece la tensión, principalmente porque el lector espera que suceda algo. Sin embargo, el libro no pasa de un fogonazo que se apaga pronto. Que ilumina por un momento algo difícil sin llegar a tratar la cuestión apenas.
Las lealtades dan para pensar, pero muy poco. ¿De verdad la sociedad mira para otro lado, tal como dice la contraportada o realmente poco se puede hacer? Sin duda los hijos sufren las separaciones de los padres pero también éstos las sufren y pueden ser tan inocentes como ellos. Y, por mucho que se esfuercen los padres, el conflicto de lealtades va a existir siempre. Bien está intentar limitar los daños al máximo pero sin penalizar a quienes intentan reorientar sus vidas porque también tienen derecho a ello y sólo se vive una vez.
De Vigan hace un esfuerzo, común en la prosa actual, por trasladarnos directamente sentimientos que tal vez podría describir. Así, acude a enumerar un sinfín de cosas extrañas (materia hidrófila, alfombra líquida) que debieran evocarnos, en este caso, ese flotar de la borrachera. El problema es que esas evocaciones no pueden llegar a la mayoría de los lectores más que mediante un ejercicio de voluntad. Sí, a ver quién es el que se atreve a decir en público que cuando pasa la vista por lo de “materia hidrófila”, está asumiendo que se refiere a una borrachera aunque las palabras en sí no le sugieran absolutamente nada. Pero lo cierto es que el lector sólo se conmueve al leer eso porque quiere hacerlo y porque no quiere pasar por insensible, no porque realmente la prosa nos llegue directamente al corazón.
Si a eso añadimos que esas expresiones están traducidas y que, por tanto, ven muy mermada su capacidad evocadora… tal vez la escritora habría debido optar por recursos expresivos mejores. Ignoro la organización de los centros de enseñanza franceses pero yo diría que la consejera de educación de la novela, en España más bien sería la orientadora y que los avisos se cuelgan en el tablón de anuncios (y no en un tablero).
Traducción: Javier Albiñana
*Novela
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