Parece que Juan Carlos Galindo pone sus esperanzas en el éxito que la novela pueda tener en Segovia pues, ciertamente, es un decorado abrumador de la misma. La ciudad aparece en cada página pero no la monumental, como anticipa la contraportada, sino fundamentalmente la gastronómica. Calles, sitios, bares, restaurantes, plazuelas; algo excesivo a añadir al aire segoviano, al carácter segoviano, al calor o frío segovianos… Incluso a veces hasta parece algo ficticio porque detalla arcos apuntados que no lo son, cambia pastelerías por confiterías o, con tanto detalle en otros casos, no menciona La Piedad cuando se solaza contemplando sus vistas. A cambio, me han sorprendido los muchos nombres que sin atreverme a afirmar que son segovianos, es cierto que conozco de la ciudad: Aniceto, Eulalia, Fuencisla (éste era fácil), Luciano y, hasta Mariano o Mercedes.
Más allá de los localismos, Hontoria tiene poco, por no decir nada. No es que sea desagradable pero se queda en poca cosa. Ni las relaciones, ni las descripciones ni, sobre todo, la historia avanzan. Y eso a pesar de los despliegues de radio, podcast y cartas que acompañan la narración. Son todos huecos y repiten lo mismo que se sabe desde las primeras páginas una y otra vez. Simplemente se cuenta que se intenta resolver un asesinato sin que se dé paso alguno y sin conseguirlo. A lo sumo, en todo el libro se logra hacer una lista de cosas sin aclarar pero ello tampoco revela nada ni difiere de las extrañezas que hacían al caso raro desde el principio. Cuando se resuelve el asunto, es casi por casualidad y por confesión innecesaria. Eso sí, muchos capítulos acaban con eso tan manido de “no sabía todavía lo que me iba a pasar” y debe ser por ello por lo que la contraportada dice que la lectura “produce tensión, suspenso y que no decae nunca”. Quizá sea que, lo que no llega a ascender un poco, difícilmente puede decaer.
*Novela
