Tengo muchas dudas si Anoxia podría gustar a un aficionado a la fotografía. Yo no lo soy y no me ha gustado nada. Me ha parecido triste por todas partes y está casi vacío. A alguien oí que una novela, si es buena, perdura en el recuerdo fácilmente. De ésta me es difícil contar lo que pasa un día después de acabarla.
Son apenas dos personajes bastante apagados y la protagonista, algo mejor pero embargada por la pena. Que si viuda (de diez años), que si su hijo se ha ido a estudiar, que si quiere pero se echa atrás… Bien, pues esos personajes se dedican a la juerga de fotografiar muertos, nada menos. Eso sí, contado con todo lujo de detalles innecesarios. Ya que todo esto sucede en Los Alcázares cabría pensar al menos en un sol radiante… error. Resulta que coincide con una gota fría y todo se llena de barro y de peces, cómo no, también muertos. Cuando llevaba más de medio libro de todo eso estaba a punto de abandonarlo pero como es cortito aguanté para encontrarme con que había un pequeño misterio por aclarar… que al final tampoco es tal. Y como no lo es, tampoco pasa nada especial. Uno se muere de viejo, el otro es rechazado sin muchas explicaciones y así acaba la historia y los hijos siguen su vida sin inmutarse.
La prosa de Miguel Ángel Hernández no es mala, tampoco entusiasma, aunque me pone nervioso la ausencia de las tildes en los demostrativos cuando éstos abundan, como es el caso. Más allá de las posibles ambigüedades, que reconozco que son pocas, esa tilde da una fuerza que ayuda mucho a la lectura. Ésa es la diferencia principal: esa diferencia no sólo es una cuestión de significado sino también de entonación y no se lee igual. Si sólo fuera por la ambigüedad, no necesitaríamos tildar “camión” pero es que la tilde conlleva también la pronunciación. Y no se dice igual “ésa” que “esa”.
En fin, Anoxia, como ensayo sobre los límites entre la vida y la muerte a lo mejor tiene su aquél (que lo dudo). Como novela, una castaña.
*Novela
