La portada del tipo de Sorolla y el título me hicieron pensar en una historia muy distinta de la del libro. Historia que casi diría que tiene dos partes, medio libro plantea la cuestión y el otro medio la resuelve pero son bastante diferentes entre sí y a mí me hacen pensar a quién se refiere el título: se trata de una madre ya mayor que quiere volver a unos orígenes que el Alzhéimer apenas le permitirá reconocer. Pero también de un hijo evadido que se ve forzado a volver a casa para reencontrarse consigo mismo. ¿Quién lleva a quién a casa? Debí aprovechar para preguntárselo al autor cuando tuve ocasión pero hay tanta gente con ganas de escucharse a sí misma que desistí.
De todas maneras, lo mejor del libro no es la historia, que está bien, sino lo bien contada que está. Cómo enlaza unas historias con otras, cómo el narrador coloca la cámara sobre el hombro de alguno de los personajes para darnos su punto de vista a la vez que se mete en la cabeza de otros para contradecirlo. Cómo un mismo soliloquio defiende una postura y se plantea las probables réplicas (algo, por otra parte, muy normal en las personas). Cómo refleja la realidad de la mayoría de las familias, formadas a partes iguales por cariño y reproches. La sentida discusión de los hermanos, cada uno con sus argumentos, me parece absolutamente vívida. La imagen de la madre con el hijo subidos a un coche parado, en silencio; o el amor que puede caber en una nevera; son completamente evocadoras. Y el ruego-pensamiento de la página 108, una preciosidad.
Además, Jesús Carrasco usa un vocabulario equilibradamente rico. Leí un trabajo académico sobre las obras literarias que concluía en la importancia de usar las palabras adecuadas. No las más rebuscadas ni tampoco las más comunes. Que es una cuestión de equilibrio y que en ocasiones habrá que escribir alcoba o arriate cuando en otras serán habitaciones o tiestos. Un equilibrio que no siempre es fácil de lograr y que el autor consigue (sólo tuve que buscar en el diccionario la palabra “bago” pero disfruté con otras muchas bien elegidas).
A todo lo anterior hay que añadir reflexiones afortunadas como que en los momentos de crisis las mujeres hacen y los hombres se limitan a conducir y a mantenerse cerca de las paredes, o sobre esos cementerios de Edimburgo que están por todas partes. Por otra parte, comparto que, puestos a tomar flan, prefiero Dhul.
No me gustó Intemperie (el tebeo) y no quise leer el libro pero la lectura de Llévame a casa me va a hacer replanteármelo. Ah, y el final, tranquilo, sin alharacas, abierto… bonito.
*Novela
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