Leyendo Una historia ridícula me acordé de esta novela epistolar y me di a ese placer que es la relectura de libros que uno sabe que le han gustado. Leer a Delibes siempre es un placer aunque en este caso, como en el de Landero, surge un problema: ¿Puede una persona de escasa formación académica y bastante redicha expresarse tan estupendamente?
Delibes recoge las cartas de un jubilado que inicia una relación por correspondencia. Carecemos de las respuestas por lo que se parece bastante a un monólogo, como Cinco horas con Mario. Esas cartas dejan traslucir a una persona bastante entrañable que se ilusiona con un amor tardío. En el prólogo de mi edición, sin embargo, se critica acerbamente al protagonista por lo florido y acomplejado. A mí la verdad es que no me lo parece tanto. Sí es de frases rebuscadas y vocabulario algo trasnochado pero eso es parte de lo atractivo de la lectura. Y si bien tiene sus complejos, también hay que reconocerle una sinceridad y una ilusión que, aunque sean ingenuas, merecen respeto. El título, que el prólogo califica de irónico y malicioso con acierto, también es muy fiel al personaje pues éste se recrea en innumerables pequeños placeres cotidianos. Si eso son manías o una forma de ser feliz… hay un poco de todo.
Con la primera lectura me sucedió algo curioso que viene a avalar el duro juicio que se le hace en el prólogo al amigo Eugenio (que así se llama el sexagenario). Me puse en contacto con el hijo de Miguel Delibes para preguntarle si podía suponer porqué en el libro se empleaba mal la palabra “adolecer”. Sorprendentemente me dijo que su padre les había prevenido desde niños del mal uso frecuente que se hace de ella y que, por tanto, probablemente quiso que Eugenio, “personaje bastante redicho”, metiera la pata. Algo así como cuando Clarín hace hablar a Trabuco. Lo cierto es que el hijo de Miguel Delibes tampoco parece tener en gran estima al pobre Eugenio…
De todo esto, de las cartas, de lo de sexagenario, de las pequeñas delicias diarias, se desprende que se trata de una novela tranquila como suelen ser las de Delibes y es así. Pero también cabía esperar lo mismo del diario de Martín Santomé o de las reflexiones de Daniel, el Mochuelo, y en ambos casos, y en el de Eugenio aunque en menor medida, el final nos golpea repentinamente. Disfrutas con la lectura y te sorprendes al final.
Verde/ *Novela literaria
