Lo del grupo editorial que va a publicar un Atlas, tal como reza la contraportada, no es más que una excusa para que Almudena Grandes nos cuente cómo se acercan a los cuarenta años cuatro chicas diferentes: la feúcha colgada, la perfecta pijoprogre, la guapa precoz en busca de empezar otra vez y la que ya está de vuelta y quiere cambiar de rumbo. A ellas les acompañan, más o menos, unos cuantos hombres para completar esa geografía humana que con tanto acierto y perspicacia va describiendo el libro. Fiel a sus primeros tiempos, la escritora deja claras sus simpatías sin dejar por ello de ser crítica: “es malo que te digan desde un estrado que si te masturbas te vas a quedar ciego, pero igual de malo es que te anime a masturbarte tu profesor de ciencias naturales.” Lo importante de esta geografía no es la orilla en que se encuentran los personajes sino su parte humana.
Y que me relea un libro de Almudena Grandes, otra vez y nunca serán bastantes, es también una excusa para lamentar su prematura muerte. Lamentar que no le dio tiempo a volver a la Literatura por sí misma, a secas, como en parte la reivindicaba Umbral. Lamentar que ya no podré sorprenderme más con su prosa larga, enroscada, que va y viene, que abusa de las palabras “exacto” y “preciso” pero que me llega exactamente al alma y tiene el preciso equilibrio entre la emoción compartida y la tensión por lo que va a suceder.
Creo que Almudena Grandes es la escritora de la que más libros he disfrutado. Tantos y tanto que siempre sentí que algo me unía a ella. Las calles Almirante, Santísima Trinidad, Eloy Gonzalo, García de Paredes; los Madison, Parador, Brillante; Las Vistillas, Chamberí; los boquerones, el vermut de grifo; la familia tipo clan, el gusto por la conversación… Algo no, mucho. Me habría encantado preparar con ella unas tortillas para ver un Real-Atlético y pasarlo charlando sobre Martín y Fran, Juan y Charo, Sanchís y Nino, María José y Jaime, Paloma y su abuelo… La verdad es que iba a necesitar toda la liga para quedarme a gusto. Me habría gustado también que ella me explicara el valor de Manolita, de mi tocayo García, de Germán… y explicarle yo a mi vez el de ganar la copa de Europa, por ejemplo. Porque las diferencias se matizan siempre con la actitud de los que charlan y porque el cocido, la yema con azúcar o la naranja con aceite las reduce exactamente a su preciso y escaso tamaño.
Yo, para soñar, necesito mantener los pies en el suelo. Los límites de mi imaginación son amplios pero finitos, como son los libros de Almudena Grandes que puedo releer. Ya no podré soñar con nuevas estaciones ni otros modelos, ni con castillos que no sean de cartón. Sólo me queda soñar con que ella se equivocara en su Demostración y que esta reseña le guste.
*Novela
